Toxoplasmosis en el embarazo

Toxoplasma gondii, protozoo que actúa como parásito intracelular, es de distribución universal. Suele estar presente en forma de ooquistes en las heces de los gatos y puede contaminar frutas y verduras, o puede estar en forma de quistes hísticos en los músculos estriados de los animales infectados y entrar en el organismo al ingerir carnes poco cocidas.
La prevalencia de anticuerpos frente a la toxoplasmosis varía considerablemente de unas series a otras entre un 25-75%. La infección cursa la mayoría de las veces de forma asintomática, pero cuando es contraída por una mujer embarazada, puede provocar graves lesiones al feto (toxoplasmosis congénita).
La frecuencia de transmisión aumenta a medida que avanza la gestación. En el primer trimestre es aproximadamente del 10%, llegando a un 50-60% en el tercer trimestre. La gravedad de la afectación, por el contrario, disminuye al avanzar la gestación; así, si ocurre antes de la semana 26 suele haber alteraciones neurológicas graves (hidrocefalia, calcificaciones cerebrales, microcefalia, coriorretinitis, etc.) o incluso el aborto, mientras que después de esa fecha la mayoría de niños nacen asintomáticos, pudiendo presentar secuelas neurológicas tardías (alteraciones visuales, retraso psicomotor, etc.) en la infancia o adolescencia.
El diagnóstico de la infección es serológico mediante la determinación de IgG y IgM específicas anti-Toxoplasma gondii. La dificultad estriba en la interpretación de los resultados, que pueden plantear diversas situaciones y que han llegado a poner en duda para algunos autores la utilidad del cribado sistemático a todas las gestantes.

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